El problema es la elección

La “democracia actual” no es democracia

Debido a un curioso giro semántico (descrito por Pierre Rosanvallon en 1993), desde principios del siglo XIX, la palabra democracia se utilizó para designar un régimen que la despreciaba explícitamente desde su origen. Así, uno de nuestros problemas políticos modernos es que llamamos democracia a su estricto contrario. El cambio terminológico ha provocado que en el uso actual de la palabra “democracia”, se distinga entre democracia representativa y directa, haciéndolas variedades de un mismo tipo de gobierno, generando importantes confusiones. La deformada noción actual de democracia, comparte las nociones de igualdad política entre ciudadanos y de poder del pueblo con su significado inicial. Pero dichos conceptos están vacíos de toda aplicación real, siendo solo principios teóricos, meramente formales. A fin de solucionar el problema conceptual y terminológico, hay que discernir cómo los principios del gobierno de representantes se relacionan y confunden con la idea democrática originaria.

La democracia en sus orígenes

Una de las claves es que el gobierno representativo no da un papel institucional al pueblo reunido en asamblea. Es lo que más obviamente lo distingue de la idea de democracia originaria. Sin embargo, un análisis del régimen de gobierno Ateniense muestra otra característica que separa la democracia representativa de la democracia sin adjetivos, debido a que en él se combinaban diferentes formas de selección de gobernantes: se usaba tanto la elección como el sorteo de los cargos. En la democracia Ateniense algunos poderes no estaban en manos del pueblo reunido en asamblea y ciertas funciones eran realizadas por magistrados electos y otras por sorteados.

Democracia Ateniense - Original

Hay que recordar que los atenienses tenían como principal objetivo (A) poner fin a varios siglos de tiranía. Estaban armados (D) y, para protegerse de los tiranos, decidieron imponer una verdadera igualdad política. Un primer pilar, en las instituciones de la democracia Ateniense, era la isegoría (B), derecho de palabra para todos en cualquier momento y sobre cualquier asunto. Este derecho de palabra era una medida higiénica básica que permitía a la democracia protegerse a sí misma de eventuales derivas oligárquicas y una consecuencia y condición de la igualdad política. La isegoría hacía posible unos ciudadanos activos (C) y, a la inversa, los ciudadanos activos daban vida a la isegoría. Los dos se apoyan mutuamente, van unidos.

Para alcanzar este objetivo central de igualdad política, tras constatar que el poder corrompe y, deduciendo lógicamente que hay que evitar dar tiempo a que el poder corrompa a los actores, se estableció de forma absolutamente prioritaria, el amateurismo político (E) y por tanto, la rotación de los cargos (F) gracias a los mandatos cortos y no renovables. No se puede suprimir una institución sin correr el riesgo de crear una incoherencia. El único medio para designar a los representantes rotando rápidamente los cargos (mandatos cortos y no renovables) era el sorteo (G), igualitario e incorruptible.

En efecto; lo que conduce a una elección conduce mecánicamente, tarde o temprano, a una reelección (y, por tanto, a una estabilización del personal político). La elección conduce progresiva e indefectiblemente a la formación de una corporación de políticos profesionales radicalmente contradictoria con el objetivo central de la igualdad política real. Innumerables fuentes historiográficas como Herodoto, Jenofonte, Platón, Isócrates o Aristóteles presentan el sorteo como rasgo típico de la democracia. En cambio, ningún gobierno representativo de los dos últimos siglos utilizó el sorteo para asignar ni el mínimo poder, soberano o ejecutivo, central o local.  Así, la distinción tradicional entre el mecanismo de la herencia y la elección para categorizar los sistemas de gobierno, necesariamente tiene que ampliarse al sorteo.

La elección, mecanismo por el cual a priori desarrollamos un gobierno del pueblo indirecto, es de naturaleza aristocrática por definición: se elige al mejor (=aristos). Y lo que es más, el sorteo es descrito como el método democrático de selección, mientras que las elecciones se consideran más oligárquicas o aristocráticas. En palabras de Aristóteles [Política IV]

“Lo que quiero decir es que se considera democrático la asignación de las magistraturas por sorteo, como oligárquico que sean electivas, ya que, como democráticas, no deben depender de una calificación adecuada, mientras que, como oligárquicas, sí”.

La elección en la actualidad

Es fundamental comprender que el núcleo cardinal de la colonización de nuestro imaginario y de nuestras instituciones por los oligarcas es la elección, pues la elección permite a los ricos ayudar al elegido a serlo y, así, hacer al elegido dependiente del rico, endeudado por así decirlo. En cierto modo, la elección permite generalizar al mundo político los modos en que opera la servidumbre por deudas, establecida por los prestamistas para hacer trabajar a los demás en su lugar. Por el mecanismo de la elección, la oligarquía teje redes clientelares y pone a sus siervos por todas partes en el cuerpo social en posición de influir a su favor en las elecciones públicas.

Es importante recordar esto, el eslabón débil de esta colonización de la política por parte de la economía es la elección. Y este talón de Aquiles de los ricos está al alcance de los pobres, pero a condición de que los pobres dejen de estar tan orgullosos, creyendo estúpidamente (y a despecho de todos los hechos que lo contradicen) que su voluntad colectiva (sin embargo, fácil de engañar) es mejor que el azar (sin embargo, incorruptible) en la designación de los servidores  políticos.  A principios de siglo XIX Alexis de Tocqueville ya afirmaba: “Yo no temo al sufragio universal; la gente votará como se le diga“. De sacralizar el sufragio es responsable la izquierda clásica. El sufragio universal suele ser presentado por la izquierda como una gran “conquista” derivada de la lucha, cuando fue sólo un paso más para la integración del proletariado en el orden del liberalismo político y económico.

Se suele justificar el procedimiento de la elección de representantes en periodos regulares bajo la afirmación de que ese mecanismo permite a los gobernados ejercer un control sobre los gobernantes. Sin embargo, la experiencia empírica demuestra claramente que eso solo sucede en contadísimas ocasiones. Lo que nos lleva a la conclusión lógica de que algo hay que cambiar. Sabemos que para ser elegido se necesita ser conocido y para ser conocido se necesitan recursos. Sabemos también que quienes tienen más recursos son quienes ya tienen más ventaja. Esto hace que inevitablemente se sincronice el poder económico con el poder político. Además, la elección tiene un sesgo de maldad inherente porque tiende a dar poder a quienes ya buscan poder y ansias de notoriedad y estos suelen ser los más faltos de escrúpulos y los más insistentes. Los honestos y los justos se quedan fuera porque suelen ser más reacios y desinteresados lo que les hace desistir antes.

Por otra parte, nos encontramos con que una legislación mejor no puede corregir el problema si a continuación se sigue dejando todo el poder legislativo en manos de los electos. Inevitablemente, no tardarán en volver a adaptarla a su conveniencia. Lo mismo ocurre con sus sueldos, dietas y prebendas, es ingenuo pensar que un poder se limite a sí mismo. Esto enlaza con el hecho cierto de que, todo poder concentrado y prolongado en el tiempo deviene en tiranía.

Todo ello nos lleva a pensar en que hay que establecer un contrapoder ciudadano a la política tradicional y que este no debe jamás usar el mecanismo de la elección, de otra forma volvería a ser “pirateado” por la oligarquía y se convertiría de nuevo en aquello que pretendía combatir.

Para finalizar, no está de más recordar que numerosos pensadores de la teoría política ortodoxa como John Rawls sostienen que la elección y el sufragio, sólo son válidos cuando se ejercen de forma libre e informada. Pero las elecciones no son libres por varios motivos. Primero, porque se realizan bajo la vigilancia y coacción del aparato militar del ente estatal de tal manera que un votante informado sabe que si se inclinase por ciertas opciones “extremas” puede desencadenar consecuencias punitivas (España 1936, Chile 1973) o amenazas (Euskadi 1978). Segundo, no existe un proceso de deliberación entre iguales que preceda al acto de emitir un voto, lo que hace de las urnas un proceso incoherente y antinatural. Tercero, el régimen de control de la información y adoctrinamiento masivo que deriva en la ausencia de libertad de conciencia, dificulta enormemente que los individuos generen pensamientos que realmente procedan de sí mismos y no de los aparatos aleccionadores externos.

Como vemos, la necesidad de controlar también los medios de información para ponerlos al servicio del ciudadano nos lleva de nuevo al párrafo anterior. Urge la creación de una innovación democrática no basada en la elección que sea capaz de otorgar poder real al pueblo soberano.

Una respuesta a El problema es la elección

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